Isaac Ocampo García, panegírico de un periodista futbolero

El fogón en el centro

Por: Lenin Figueroa

Cuando Isaac García Ocampo le dijo a su mamá que era miembro militante del Partido Comunista de México (PCM), ella le regaló El Capital de Carlos Marx. Ella y la mamá de ella, las dos juntas, habían criado a un proletario con conciencia de clase. Pronto los pasos de Isaac lo llevarían lejos de las fábricas, hasta tierra de la lectura política, de los reportajes desde los portales, de los momentos históricos de Ciudad Croqueta.

Nació un 19 de octubre de 1947 y aunque muchos años más tarde el clasismo del Club Deportivo le cerraría las puertas a su ascendente carrera como futbolista, Isaac fue Diablo desde la cuna y hasta que la muerte le dio alcance, un 25 de marzo de 2026. Extinta la esperanza de la fama por “pata dura”, recorrió fábrica tras fábrica para ganarse la vida hasta que encontró el periodismo y con esto su vocación.

“Con una mano adelante y la otra atrás, siempre a la búsqueda”, como él mismo escribiría, así se adentraba Isaac a la vida de las letras. Supo dejar huella en el periodismo toluqueño, en mucho por la claridad con que defendía sus opiniones: por ejemplo, frente a la moral judeo-cristiana que su abuela y su madre habían intentado imponerle, fue determinante: en un descuido de ellas, el joven Isaac quemó los retablos religiosos que había en casa.

Que cada cual imagine los rostros de las mujeres al encontrar cenizas en vez de santos. Lo que no queda para la fantasía es la singular forma con la que el periodista diablo abordaba temas religiosos, políticos y sociales, regularmente poniendo el acento en los acontecimientos locales y estatales. Poco a poco se fue amigando con la pluma y en 2005 publicó el libro Las estrellas siguen ahí, que inicia con el siguiente párrafo:

“Seguro que no todo mundo estará de acuerdo en que la vida es una mera ilusión. Quizá tampoco en que a dicha ilusión el ser humano se empecina, la mayoría de las veces con asombrosa estupidez, en querer creer lo contrario. No acepta que la vida tiene más de ficticio y de mentira, más de invento, cuento y mistificación, que de realidad”.

El libro de Isaac tiene una estructura dinámica que se teje alrededor del encuentro, primero inesperado y explosivo y luego cotidiano y reflexivo, de un viejo, voz de la experiencia, con un grupo de jóvenes, obreros, chamacos de familia, impulsivos y conscientes. Cada capítulo es una sorpresa que nos regala visiones de la vida obrera en Toluca. Cada joven es un ángulo de cómo la ciudad fría va encofrando la vida de quienes la pueblan.

Isaac decidió que uno de los capítulos, titulado Paro loco en la fábrica “Muele Brazos”, fuera una ficticia columna de opinión escrita por un periodista chayotero a quien él da el nombre de Teodoro Lozano Bringas. Además de que es el motivo que desata la acción de los personajes, el texto revela esa claridad de Isaac y vale leerlo no sin insistir en que todo parecido con la realidad es mera coincidencia.

“Debido más a negativas y oscuras influencias que al supuesto desinterés por parte de la patronal, más por ignorancia de los propios obreros que por posibles deficiencias de los dirigentes y representantes sindicales es que los obreros de la fábrica automotriz “Muele Brazos” decidieron el día de ayer llevar a cabo un paro de labores.

”Un paro que, a mi entender, no tiene razón de ser y por lo que el que esto escribe simplemente lo califica de ¡loco! Es decir, que desafortunadamente los trabajadores de dicha empresa, ignorantes de la realidad, han vuelto a ser víctimas de malos manejos, no de sus asesores y representantes sindicales, encabezados por el Lic. Jesús Malicia Rovera, como pudiera pensarse, no. Sino a causa de esa mala y negativa influencia de los llamados “comunistas”, pues sólo mentes obtusas como las de estos dementes y vende patrias pudieron aconsejarles a los trabajadores que llevaran a cabo, repito, ese ¡paro Loco de labores!

”El señor gerente de dicha planta automotriz y el líder sindical (Malicia Rovera) manifiestan desconocer dicho paro. Y lo mismo sucede en la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en donde se me hizo saber que allí no se tiene conocimiento alguno de los acontecimientos ya mencionados. Todo debido, pues, a esos “comunistoides” que habilidosamente le han sabido ganar la voluntad a los trabajadores.

”Y se la han sabido ganar, como es su costumbre, amparándose y ocultándose entre las sombras, como “vampiros”, justo para eso: ¡para chuparle la sangre a los obreros!

Ese Paro Loco de Labores pues no tiene, repito, ninguna razón legal de ser. Y harían bien los obreros de “Muele Brazos” en mandar hasta las estepas rusas a todos esos “mercachifles y aprendices dizque de comunismo”.

”Entiéndanlo, eso aquí en nuestro querido México nada más no pega. A otra parte, pues, con toda esa “mercancía barata”. Dejen que los buenos mexicanos trabajen en santa paz por su Patria. Dejen que los buenos empresarios y los líderes sindicales honestos defiendan lo que hay que defender… ¡Si hay algo que defender!”.

En el mundo virtualmente enredado de hoy, es común la conseja de “tener claro lo que no se quiere llegar a ser en la vida”. Sin coaching de por medio, Isaac supo que empuñaba su pluma contra las ilusiones que hacen soportables las esclavitudes de quienes intercambian trabajo por dinero. Supo, pues, que no sería un periodista cómodo para el capital; que no sería un Teodoro Lozano Bringas. ¿De dónde salió esa claridad?

La vida obrera no fue para Isaac un camino de paso. Trabajó para sobrevivir, porque no era terrateniente ni dueño de fábricas. Trabajó para comer y para aliviar las carencias en casa. Y trabajando conoció los sueños de sus compañeros, los trayectos de madrugada y el poco interés que sus empleadores tenían por su bienestar. Trabajando entendió el comunismo y, con esa militancia, una forma de hacerse del mundo en el que habitaba.

La vida obrera, guiada ya por los textos de Marx y Revueltas, le reveló las trampas de la ilusión, quizás por muchos compartida, de ser un día el dueño de la fábrica. Quizás por eso, cuando se decidió por el periodismo, a diferencia de los “chayoteros” que pululan los medios mexiquenses, Isaac llevaba la pluma como un fusil. Quizás de su experiencia fabril venía la claridad para hablar de religión, política y futbol.

Estos días sin la presencia física de Isaac recuerdan, lluviosos, que hacen falta más plumas-fusil que apunten allí a donde las ilusiones se enquistan en la cabeza de hombres violentos, beatos despiadados y políticos traidores. Y, como solía terminar algunas de sus columnas el reportero futbolero: “nos vemos en la que sigue, si es que…”.

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