La guapa

Toluca, México; 2 de febrero de 2026

Por: Julio Florencio

T. es una antiquísima vieja a la que le gusta reinventarse, más mejor dicho (con esa expresión, para que no se olvide su linaje provinciano y ganadero), le gusta ponerse guapa. La prioridad es buscar siempre un aire renovado, fresco, sin importar los múltiples estragos ya eternizados por la edad. Ella es la última de una ancestral línea genealógicas de tés: T., la señorita acorcezada, colonial, con sus botines llenos de lodo en su trasiego cotidiano hacia la santa iglesia franciscana; T., la joven vestida a lo francés, aquella que tomaba el café en los balcones de su recién estrenada casona porfirista, la que le permitió costearse su matrimonio con alguno de los nuevos hacendados del estado; T., la señora fajada, ceñida a lo industrial, apoyada en las nuevas tecnologías de finales del siglo XX y que una unión ventajosa le regaló el disfrute de una vida a lo American way of life.

            A T. no le gusta hablar de belleza, se le hace una palabra muy sedosa, aterciopelada y satinada como algo propio de finales del siglo XIX. “Entre eso y esto hay mucha diferencia, estamos en una época de trasformaciones”, se dice cada que ve su reflejo, como esta mañana, en los cristales de las puertas de madera apolillada y carcomida de su casa obtenida por herencia. “Lo de hoy…”, piensa en ello al asomar el rostro y observar las calles de la ciudad atestadas de trabajadores y comerciantes, que incluso los domingos madrugan y se mueven a sus ocupaciones y con sus preocupaciones. “Lo de hoy, al menos eso dice Ricardito, es ser glamurosa, capitalina, pero con una actitud sencilla, siempre pensando en la reducción de costos de la administración pública”. Ponerse guapa: una frase que refleja la actitud vanidosa y a la vez dulzona de los tiempos que corren del minimalismo social y cultural.

            “¿Qué es eso de La Bella?”, le gritó una vez Ricardito. “¡La Guapa! Que le digan a una La Guapa, corazón”. A ella le gusta ponerse guapa, porque hay que subir fotos con una actitud metropolitanamente práctica e inmersa en las nuevas tecnologías, que haga juego con el ambiente ecléctico de la municipalidad (una combinación entre semáforos inteligentes e inseguridad en los cajeros bancarios), aunque hay que evitar ciertas partes de la ciudad y ciertas fechas por eso de las manifestaciones y las pintas que son el pan de cada día. Ponerse guapa, porque lo importante no es reparar las imperfecciones de los periodos anteriores de su vida, sino esconderlos tras el maquillaje, de una forma en que la notoriedad de los rasgos seniles luzca. “Y como dice Ricardito: quien no entiende este concepto, es porque no tiene un alto sentido de urbanidad. Inclusive a los intelectuales les cuesta entender cosas tan sencillas”. Ponerse guapa, porque como buena anciana conservadora sabe que lo importante es el discurso y la apariencia.

“En eso Ricardito es muy bueno. Maneja la retórica con un empleo excepcional de la ironía y el sarcasmo. Es tan magnífico el modo en que lo emplea, que aunque no le creas ni pío, al escuchar surgir las palabras de aquella boca caricaturesca, con esa mirada de sapo en abstracción, perdida en lo sublime, de tono algo torpe que suaviza el discurso de aquel rostro ilusionado con su propio hechizo, no te queda más que sentir que le crees”. Es la magia del esnobismo y hoy es tendencia nacional.

T. se alista para salir. Ha aprendido a hacerlo con la frente en alto, luciendo su volcánico acné en el asfaltico pliegue de su piel, lleno de huellas en forma de cráteres de color grisáceo y que Ricardito le ha tratado de disimular con pequeños retoques. Le gusta decorar su cerrica cabeza, muy pobre… en cuanto a cabello, con pelucas extravagantes de colores divertidos y chillones. Últimamente se viste mucho de guinda. A ella no le convence y el propio Ricardito le ha confesado que dicho color no es de su predilección. A él le atraía más la temporada de verdes, blancos y rojos. “Pero ni modo, mi chula. Hay que alinearse con las tendencias si una quiere destacar. Las encuestas lo están favoreciendo”. Para ser sincera, ella no ve la diferencia.

Todo esto lo piensa al observarse en el vidrio, contemplando su semblante mientras se coloca unos aretes del mismo tono del vestido, con sus figuras de colibrí, con visos dorados y que la hacen sentir en bienestar. Su amiga Delfi se los obsequió, que porque “representan el amor, la fuerza, las ganas de reinventarse”. Es como si aquellos objetos le dieran vigor, el mismo que sintiera en alguna época más temprana de su vida, precisamente esa de los colores verdes, blancos y rojos. Ese efecto se suma a sus ganas de salir a la calle, amuleto místico que le grita a los peligros: ¡detente! Tan efectivos como la honestidad contra la corrupción. Y en un estado que es considerado el número uno en homicidios dolosos, cualquier ayuda es buena, aunque Ricardito dice que “esta ciudad es tan segura como Zurich, no hay nada de qué preocuparse, son casos aislados”.

Por este tipo de opiniones y comentarios certeros es que T. considera a Ricardito mucho más que un simple modista. Es una persona que entiende las prioridades de la ciudad, que se expresa a través de un lenguaje claro, con datos precisos y sabe poner en una balanza las cuestiones importantísimas con el afán de siempre elegir la opción de mayor peso. No solo eso, sino que él entiende del buen gusto, los avances del progreso y de las cuestiones artísticas. Porque para T. eso es él: un artista. Por eso es que no le sorprendió cuando Ricardito le confesó que estaba próximo a realizar sus memorias. Un texto que dará mucho de qué hablar en las conversaciones de los verdaderos escritores, aquellos que sepan apreciar el verdadero ingenio mezclado con una visión objetiva de la realidad. “Ahí humildemente hablando, por si a alguien le interesa leerlo”.

“Porque más que un modista es un poeta”, dice para sí T. al acomodarse la peluca, hacer la señal de la cruz sobre su rostro y tomar su bolsa para dirigirse a la calle. Irá primero a la iglesia de El Carmen, como cada domingo, y después se dirigirá a ver que Ricardito siga haciendo su magia sobre su rostro. Para lo segundo debe tomar el transporte público, cosa que le genera un gasto extra porque el pasaje acaba de subir, aunque no le gusta aceptarlo.

No lo sabe, pero su viaje la llevará en retroceso a los orígenes familiares. T. disfrutando de los bellos paisajes de puentes vehiculares y nubes grises a dos metros del suelo como señal del progreso citadino; T. contribuyendo a los monopolios eternizados que proliferan en esta ciudad y que argumentan que dos pesitos más no es nada; T. sintiendo el zarandeo que provocan las llantas cayendo en cada bache y los asientos desoldados, replicando el movimiento de las carrozas empujadas por caballos y las ruedas que brincan por cada piedra en el camino. Tanto cooperará la ciudad que incluso sigue oliendo en ciertas zonas a rastro que recuerda los viejos ayeres.

Y mientras Ricardito la atienda, le dirá muy orgulloso que “T. es un pastiche que sabe conservar la esencia del pasado, con un toque de la new era”. Por eso es que sigue habiendo detención y violencia arbitraria a estudiantes y eliminación de centros culturales conviviendo con la nueva reubicación de las arcas de Tesorería y conciertos gratis que distraigan. “¡Ah!, ¡qué bueno que vinieron los Tucanes!”.

Texto que se leyó el pasado sábado 31 de enero de 2026 en el maratón de lectura realizado en el Centro Toluqueño de Escritores y nos lo hacen llegar para pedir su publicación.

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