El quebranto verde olivo

Palabra en peñada

Carlos García Benítez

Las imágenes inestables parpadean, brincan, se distorsionan. Las escenas en blanco y negro retratan una atmosfera fantasmal. Hay poca luz, el paisaje se llena de sombras de árboles que por sí solas se plantan en el suelo. Súbitamente aparece la figura de un joven que corre, lo enrarecido de las imágenes lo plasma como en cámara lenta, cruzando una pequeña explanada. Detrás de él, con dificultad, se ve un edificio apenas iluminado. En la parte superior derecha de la imagen se ve un contador de tiempo que marca el 19 de marzo de 2010. El contador veloz señala las 00:55:20. La imagen del joven se pierde en la parte inferior de la pantalla, se esfuma así, repentinamente, arrancado del mundo sin ser avisado, ni siquiera con la explicación de saber el porqué de su destino. Porque en realidad él jamás volvió al mundo, porque murió. Bueno, fue asesinado a la entrada del Tec. de Monterrey. Más adelante, una explicación castrense puso el epígrafe contundente a esas escenas: el joven “iba armado hasta los dientes” y por eso fue abatido.

Las imágenes ahora toman color, aparecen en escena personas adultas, se ven cansadas, envejecidas, con la mirada taciturna, tristes. Cada una comienza a narrar una historia, la historia personal de dos jóvenes: Jorge Antonio Mercado Alonso y Javier Francisco Arredondo Verdugo, estudiantes del Tecnológico de Monterrey campus Nuevo León, porque habrá que precisar, según las fuerzas militares, no era sólo uno, eran dos individuos que “iban armados hasta los dientes”. A las familias no les queda otra cosa que el recuerdo y contar pasajes de sus jóvenes familiares a manera de compensación inmediata ante la sinrazón que destruyó sus vidas. Los jóvenes eran estudiantes distinguidos que, gracias a sus destacadas trayectorias, fueron seleccionados para estudiar en el Tecnológico de Monterrey gracias a una beca, que comenzó modesta y que gracias a su esfuerzo, con el tiempo, lograron incrementar. Jóvenes sin maldad, con deseos de aprender y desarrollar habilidades, donde no estaba el interés de engrosar las filas del crimen organizado, y menos aún aprender a manejar artefactos bélicos, como para “amarse hasta los dientes”.

Las familias de los jóvenes pasan entre sus manos, para afianzar el recuerdo y recuperar algo de su ausencia, documentos, ropa, libros, fotos y otros objetos personales. La madre de uno de ellos contempla una foto, en ella aparece un niño pequeño, lavando los trastes, apenas alcanza el fregadero. La mujer explica, con lágrimas, la historia de esa impronta: “era un 10 de mayo y mi hijo me dijo que como no tenía dinero para regalarme nada, ese día él iba a lavar los trastes, que ése era mi regalo”. Detiene el relato y mira la imagen con profundidad y más lágrimas. En un relato en paralelo fílmico, se ve a un hombre que lucha afanosamente con una videocasetera, tratando de recupera una cinta, no se desespera. Con calma, por fin logra desarmar el aparato, recupera una película y la proyecta. Es el video de un niño en una fiesta escolar, canta feliz y baila. El hombre contempla el video y celebra haber recuperado la cinta, pero luego queda en silencio y con una mirada taciturna, exploratoria, triste en efecto. En la imagen no había nada que diera señales de que algún día ese niño “iría armado hasta los dientes”.

Las imágenes avanzan, los relatos anteriores son fragmentos del documental Hasta los dientes (2018), de Alberto Arnaut. Conforme la narrativa sigue se devela la tragedia: un día cualquiera la familia de Jorge y Javier miran por las noticias que hubo una balacera afuera del Tec. de Monterrey que dejó a dos “delincuentes” muertos, eran sicarios de un comando delictivo que se habían enfrentado a tiros con elementos del ejército; la nota periodística era una más para la familia de los jóvenes, pero el ambiente se enrareció cuando advirtieron que sus familiares no se comunicaban con ellos. Pasaron las horas y luego los días, y la preocupación comenzó a crecer. Decidieron ir a buscarlos y la búsqueda incluyó la visita al campus, pero nadie les daba respuesta. Las autoridades de la institución educativa, en un accionar extraño, tampoco aportaron soluciones. La familia dejó para el final la opción menos deseada: ¿serían acaso los individuos asesinados en el Tec. sus hijos? El viacrucis terminó cuando después de mucho insistir la Fiscalía les permitió ver los cuerpos, pero no físicamente, sino desde una computadora. La sorpresa fue devastadora: las familias reconocieron de inmediato que se trataba de sus hijos. Y no sólo eso, tenían marcas de haber sido torturados, golpeados y llevaban con ellos el tiro de gracia.

Vuelve a correr la película, las escenas son nuevamente las de la cámara de seguridad del Tec. de Monterrey. El reloj marca el paso del tiempo, han pasado ya varias horas, se ve a militares dentro del campus, van y vienen sin orden ni plan, hablan entre ellos, pero se observa que están montando una escena, colocando armas y moviendo cuerpos. La versión oficial dijo: hubo una agresión a un grupo de militares por parte de un grupo criminal frente al Tec. de Monterrey. En la refriega, dos delincuentes entraron al campus universitario donde siguieron atacando a los militares, quienes en defensa propia los asesinaron. La verdad: dos jóvenes que entraban a su universidad fueron victimados y muertos de manera atroz y asesinados extrajudicialmente. El vocero, en aquellos días de la Secretaría de la Defensa Nacional (DEFENSA, enhiesto, firme y con voz sin quebranto, Ricardo Trevilla Trejo, mantuvo la posición oficial: se asesinó a ese par de individuos porque agredieron a los militares, y porque “iban armados hasta los dientes”.

El poder de las escenas

Es lunes 23 de febrero de 2026, se lleva a cabo la conferencia mañanera y entre lo que se informa destaca en importancia un tema: la ubicación y muerte, en Tapalpa, Jalisco, de El Mencho, uno de los delincuentes más buscados, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). El encargado de dar el informe oficial del operativo es el general secretario de la (DEFENSA), Ricardo Trevilla Trejo. El funcionario da la explicación puntual de la captura del delincuente y al final destaca la muerte del personal militar en cumplimiento de su deber durante esa incursión castrense. Pero en este punto el tono de la voz de Trevilla cambia, es de lamento y sollozo, diría en lenguaje cotidiano que se le quiebra; mientras esto dice la cámara hace un encuadre en medium close up, nos acerca a su dolor. Su lenguaje corporal, indica que se ha mantenido erguido, pero se dobla ligeramente hacia adelante. Cabizbajo, interrumpe su discurso y ahora hay unos momentos de silencio. Aquí la cámara cambia y lo encuadra en un plano americano que deja ver con amplitud su físico doblegado, francamente abatido. Pasan unos segundos y el militar se recompone, se endereza y pronuncia el reconocimiento al personal militar por su valor en “la operación exitosa” para el bien del país. El encuadre de la cámara ya no cambia, sólo gira para ampliar la toma, ahora se ve a la presidenta Claudia Sheinbaum. A su lado, la Bandera Nacional; en el fondo, la imagen de una mujer con rasgos indígenas que blande una bandera, también destaca el pódium con el escudo nacional en primer plano que cierra ese momento. El discurso del militar acaba y deja la tribuna.

El icónico momento se instala rápido en la sociedad y el fraseo se impone: el general se quebró, se humanizó, la imagen va y viene, los comentarios y reacciones en redes retoman ese momento, se potencializan en distintos soportes, los trabajos realizados con la inteligencia artificial se activan para recrear narrativas visuales que exaltan en las redes sociales el orgullo hacia el ejército mexicano. Las imágenes toman por asalto la realidad. ¿Alguien recuerda el asesinato extrajudicial de los dos jóvenes del Tec. de Monterrey, y que el mismo Trevilla sostuvo que “iban armados hasta los dientes”?

El sociólogo francés Georges Balandier, en su libro El poder en escenas, sostiene que sea cual sea la tendencia política dominante en una sociedad, el poder del gobierno se ejerce de varias maneras, incluidos los entretelones de lo que llama la “teatrocracia”; no bastan los postulados políticos que se enarbolan, los estatutos, los órdenes y las normativas con que se gobierna. Es preciso gobernar y, sobre todo, gobernar con las escenificaciones, más aún en un mundo como el nuestro, donde la “civilización de las imágenes impone a los protagonistas a escenificar historias que son necesarias para llegar a la sociedad”. Adolfo Hitler sabía mucho de esto. Basta ver algunos de los materiales audiovisuales de él que han quedado filmados para la historia. El sociólogo francés destaca que gobernar no es posible sólo con imposición totalitaria ni con el ejercicio abierto de la brutalidad, para ello hay otro recurso que sirve como vehículo: la suavidad de las imágenes. Los actores políticos, sostiene el escritor, deben pagar su “cotidiano tributo a la teatralidad”. Las escenificaciones suelen ser pasajeras, coyunturales o de plazo más largo. Pero las escenificaciones llevan varios mensajes con entretelones. La aparición de Trevilla en la conferencia mañanera no deja de ser disonante. El poder castrense y las lágrimas dejan alientos inquietantes, es inevitable que vengan a la memoria el quebranto de cientos de familias que han sufrido víctimas a manos de los cuerpos de seguridad y sobre todo de los militares, tal y como lo han documentado decenas de investigaciones, entre ellas libros como Permiso para matar, una investigación sobre los crímenes cometidos por las fuerzas de seguridad del Estado, de París Martínez, Daniel Moreno y Jacobo Dayán; Verdugos, asesinatos brutales y otras historias secretas de de militares, de Ana Lilia Pérez; o el trabajo de los periodistas Daniela Rea y Pablo Ferri: La Tropa, por qué mata un soldado, investigaciones que revelan el quebranto doliente de gente, pero no sólo de la sociedad civil, sino también de ésa que Trevilla insinúa es su gente, es decir, la Tropa. En efecto, porque la Tropa también sufre y experimenta otros combates dentro de los espacios de sus propias instituciones.

Pero toda escenificación lleva el germen de su propio destino, porque por supuesto los soldados caídos, a fin de cuentas eran gente del pueblo, mujeres y hombres que muchas veces ante la violencia estructural no les queda otra más que enrolarse en el ejército y en otras corporaciones de seguridad. En efecto, la Tropa sólo obedece, son los que caen, no son los altos mandos los que son abatidos, esto sólo ocurre simbólicamente frente alguna cámara de televisión. Luego de la escenificación en la conferencia mañanera habrá que preguntarle a las imágenes y a sus escenificadores si luego de eso va a cambiar algo para la Tropa, por ejemplo, los maltratos que sufren durante su formación o la muerte de cadetes al ser obligados a ejecutar ejercicios por sus mandos, como ocurrió con siete jóvenes de la Guardia Nacional, pertenecientes al campo militar de El Ciprés, en Baja California, quienes el 20 de febrero de 2024 murieron ahogados en la playa La Corona a raíz de una “novatada” consentida por el mando militar conocido como “El Diablo”, pese a la advertencia de no ingresar al mar; sobre las violencias cotidianas como parte “necesaria para su preparación”, el corrupto acto de pedir dinero a los soldados por parte de altos mandos; las constantes agresiones hacia las mujeres, no sólo a las decenas de agredidas por los militares como el caso de Ernestina Ascencio, mujer indígena náhuatl monolingüe de 73 años, quien falleció por la violación sexual y la tortura en Veracruz a la que fue sometida por miembros del Ejército mexicano, sino también a las agresiones que sufren las mujeres militares dentro de sus propios corporativos castrenses; sí, algunas tristemente caen en combate, pero otras hacen resistencia cotidiana en sus instituciones para no caer antes. Porque vale la pena añadir que en gran medida la Tropa es víctima de otras violencias estructurales, porque muchas veces ser soldadx, no es siempre una decisión, sino proviene de la necesidad para sobrevivir en un mundo injusto como lo revela, por ejemplo, el Documental Causar alta (2014), de Sara Escobar.

Unas semanas después de la aparición del militar Trevilla en el espacio de la presidenta, otra escenificación ocurrió, esto en el marco del 8 de marzo, Día internacional de la Mujer, donde Claudia Sheimbaum, acudió al espacio del militar, es decir, el Campo Militar 1 para emitir y refrendar desde ahí, nuevamente junto a Trevilla, que éste es tiempo de mujeres. ¿Cuál es la intención de esta escenificación, cuál es su mensaje? Y de nuevo, luego de esa escenificación, ¿la condición de vida y trato a las mujeres, incluidas las militares, preparan un mejor futuro para su vida? Sí, las escenificaciones políticas son provocadoras y sus imágenes también; a veces buscan dulcificar ciertos momentos, encontrar una realidad “a modo” para que se instalen veloces en el imaginario social. A veces perduran, algunas tienen la facultad del largo aliento, pero por lo común se sustituirán por otra escenificación que tomará por asalto el escenario de la arena política. Cierra marzo y dos improntas en imagen acaso deberán quedar para meditar en el contexto de los pasajes aquí descritos: el quebranto verde-olivo, y otra, acaso la más conmovedora pero despiadada, la de aquellos muchachos que jamás “iban armados hasta los dientes”.

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