Palabra en peñada
Por: Carlos García Benítez
Sin duda, los tiempos recientes han resultado sorpresivos. Apenas hemos pasado el primer cuarto del siglo XXI y los vuelcos de la historia no nos han dado tiempo de reflexionar cómo se han incorporado sus nuevas páginas. El historiador Eric Hobsbawm, en su libro, La historia del siglo XX, llamó a este periodo como el “pequeño gran siglo” porque es una fase corta, pero grande por la gran cantidad de sucesos que ocurrieron durante esos años y que cambiaron el rostro del planeta. Nuestros días quizá habrían sorprendido también al historiador debido a los veloces acontecimientos, a las vueltas en U que nos regresan a pasajes que pensábamos habían quedado atrás, sobre todo aquellos que destacaron por sus rasgos totalitarios, fascistas y violentos. En efecto, la naturaleza humana tiene como esencia, también, la impronta de lo impredecible que, cuando coincide con la falta de memoria puede resultar fatal, justo como hoy lo estamos atestiguando, cuando el fascismo, los sistemas represores y el genocidio vuelven a tomar forma.
Sí, la desmemoria es parte de nuestro ser, nuestra capacidad de retención acaso no es tan afortunada como quisiéramos. No obstante, históricamente desarrollamos prácticas culturales para ayudarnos a recordar y no sucumbir a los embates del olvido. Una de ellas es la educación, que en términos precisos está para no olvidar cómo vivir de la manera más justa.
En un momento donde los sucesos socio políticos parecen llevar al mundo al desfiladero, no está de más mirar y revalorar la función de las instituciones educativas para formar sociedades dispuestas a cambiar las condiciones de vida que, al menos hoy, no anuncian buenas noticias. Acaso un papel fundamental en esto lo juegan las universidades, espacios donde se prepara y profesionaliza a la juventud que tomará las riendas y el destino del planeta en un tiempo no muy lejano. Pero en una época enrarecida como la nuestra, a veces las universidades dan la sensación de operar con otras lógicas, con una agenda muy particular. Sí, no es desconocido que las universidades son campos en disputa de diversas fórmulas de poder. La pregunta está en si en el centro de esas disputas está el interés personal o la defensa de proyectos educativos que sirvan para una educación integral, más allá del pragmatismo utilitario. Estas pugnas quizá sean tan antiguas como las universidades mismas. A fin de cuentas, insistimos, son arenas de poder.
En los últimos años estos conflictos han configurado una constante, con mensajes claros, por ejemplo, las negativas por democratizar las formas de gobierno de las instituciones. Los conflictos en la Universidad del Estado de México (UAEMex) son un ejemplo de ello, donde la cerrazón por las formas en la sucesión en la rectoría, de las fuerzas que operan desde el interior de la misma, llevaron a un paro largo, impulsado por la comunidad universitaria en demanda de transparencia y acciones que respondan a una vida universitaria democrática acorde a nuestros tiempos. Las respuestas a esas demandas, más allá de no dar solución, incluyeron la intimidación y la agresión por parte de la autoridad universitaria. Un matiz, vale la pena destacar, la cerrazón y las prácticas dilatorias de la autoridad, parecieran ser un cálculo intencionalmente articulado: mantener a la universidad anestesiada, aniquilando sus funciones primordiales. No lejos están acontecimientos de esta índole en otras universidades del país como las de Puebla y San Luis Potosí.
Pero este fenómeno se da también en la propia UNAM, donde el año pasado se vivieron paros en distintas escuelas y facultades en demandas por democratizar la vida académica, mejoras en su vida escolar cotidiana, la solución a la inseguridad y la erradicación de la violencia en contra de las mujeres. Los casos más graves han sido por la inseguridad, como el que vivió en el CCH Sur con el asesinato de un estudiante en la propia escuela, y las protestas estudiantiles de la Facultad de Arquitectura, que desde septiembre están en paro debido a las presiones a las que son sometidos los estudiantes y el acoso a las alumnas. Son más de 150 días sin que a las autoridades parezca interesarles resolver los conflictos.
¿A quién conviene tener los espacios universitarios detenidos? La plusvalía del paro para el dominio reaccionario está en impedir la generación del conocimiento, la formación de nuevos profesionistas con mirada crítica y humanista, la obstrucción de la vida cultural, la negación al principio democrático, neutralizar la interacción entre la comunidad, el diálogo y la organización colectiva para la búsqueda de soluciones. Es decir, aniquilar la prótesis cultural para revertir la desmemoria: el derecho a la educación. Si se acepta la lectura, es una forma de control como lo dicta el nuevo orden capitalista: totalitaria, impositiva y sin posibilidad de interpelar órdenes estructurales.
Otro tanto, en este contexto, ocurre también con la universidad de puertas abiertas, donde las ofertas formativas a veces quedan a deber, y no se diga de las ofertas extracurriculares, que no dejan de ser inquietantes. Vale la pena, por ejemplo, preguntarse qué aportaciones pueden hacer a la formación científica, humanista y crítica para la comunidad de la UNAM casos como la aparición de personajes como Sandra Cuevas, quien meses atrás hizo acto de presencia en un auditorio de la FES Aragón de la UNAM, en una jornada académica de la carrera de Derecho. Si bien no estuvo como ponente, fue invitada por un conferencista, y su presencia acaparó la atención del público.
La aparición de una persona pública de la política en un campus universitario no es inocente ni casual, lleva un mensaje implícito. Cuevas en sí misma es enjambre simbólico que enuncia, indiscutiblemente, una narrativa política. Por aquellos días la exalcaldesa estaba en el ojo público, pues se había demostrado, y ella misma lo reconoció, que tenía y tiene vínculos con varios personajes del crimen organizado, incluso que había establecido relaciones sentimentales con algunos líderes criminales ahora en prisión. Indagar el pasado de Cuevas es acudir a un expediente enrarecido que puede inspirar mucho, pero nada cercano para el insumo de una formación intelectual, necesaria para abonar a los problemas del país que, dicho sea de paso, es una de las misiones que enarbola UNAM.
La respuesta, por parte de las autoridades, cuando se cuestionan pasajes como el referido, apela al libre tránsito de las ideas y la apertura al espacio universitario como signo de libertad; en suma, un gesto de tolerancia a la diversidad de ideas, pero en realidad la UNAM mide con varas diferentes, por ejemplo, ha bloqueado o puesto trabas a la comunidad universitaria que se ha preocupado por el genocidio en Palestina a manos de Israel. Cuando ha intentado realizar acciones para denunciar estos hechos, ahí la presencia, aunque simbólica, es criminalizada. En días recientes una alumna de la UNAM fue sancionada porque desplegó una bandera de Palestina en un edificio de la Facultad de Derecho. Los académicos no han corrido con mejor suerte, por ejemplo, las peticiones de un sector de la academia preocupado por el genocidio en Palestina, y que ha solicitado, incluso vías formales y legales, que la UNAM rompa relaciones con universidades de Israel, cuyo trabajo disfrazado de academia e investigación sólo fortalece la generación de conocimiento para la destrucción humana, no ha tenido respuesta de la rectoría. Mucho menos a la petición de que la UNAM manifieste un posicionamiento contundente al genocidio sionista. Aquí no se trata del respeto a los puntos de vista que enriquecen un debate, aquí se trata de la urgencia de un posicionamiento desde el espíritu humano para rechazar la intención judía de la eliminación de una población de la faz del planeta. Ninguna vertiente “científico-intelectual” puede estar por encima del respeto a la vida humana. De nuevo salta a la vista la necesidad de una memoria histórica que parece no estar en dentro de los programas de estudio universitarios.
Pero el pasaje de Sandra Cuevas no es el único, tiene réplicas y otras versiones. Por estos días está por celebrarse en la Facultad de Derecho, también de la UNAM, una conferencia titulada “El desmantelamiento del punitivismo penal, ¿cómo mejorar el sistema penitenciario mexicano?”. Sin duda, el tema aborda un asunto propio del sistema de justicia de nuestro tiempo, y por lo tanto legítimo para reflexionar desde la Máxima Casa de Estudios. Lo peculiar del caso, por decir lo menos, está en la figura central de esta actividad académica, se trata de Saskia Niño de Rivera, quien se anuncia como la gran conferencista. Rivera es una activa figura de las redes sociales, una youtuber quien desde estas plataformas aborda asuntos relacionados con actos criminales, pero donde el eje central no está en plantear la reflexión en torno a la justicia, sino en romantizar la vida de lxs criminales. Sus contenidos más de una vez hacen lo que busca evitar el ejercicio del derecho: revictimizar. Saskia señala tener estudios en psicología y otros más relativos al campo de la criminalística, hecho que no significa que su interpretación de la realidad responda a los principios fundamentales de las disciplinas que dice dominar, antes bien, las trincheras internautas desde donde emite sus contenidos responden a una lógica que además es reconocida: la monetización. Sus seguidores no son pocos. ¿Irá a monetizar su participación por sus redes a costillas de los espacios de la UNAM? ¿Es esto legal y legítimo? Pero otras reflexiones derivan de esto: ¿no hay investigadores expertos hechos en la práctica del día a día que puedan aportar insumos más valiosos en torno al tema? ¿Tan mal está la UNAM? ¿Fuera de su radar están los expertos en la materia que salen de sus propias aulas y sus espacios de investigación? La youtuber más de una vez ha destacado por sus torpes posicionamientos relativos no sólo a la justa impartición de justicia sino por celebrar a ciertos actores cuyas formas de operar son un ejemplo monumental de la violación sistemática de la justicia, como el caso de Isabel Miranda de Wallace, a quien defendió y dedicó un sentido mensaje luego de su misteriosa muerte por “su valiosa y valiente” labor en la defensa de “los derechos humanos”. ¿La comunidad de la UNAM merece estas traducciones deformes y mal intencionadas de la realidad?
Hace varios años, durante el movimiento estudiantil de 1968, el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, en un discurso a la comunidad universitaria compartió este mensaje: “En la universidad se hace ciencia, pero sobre todo se hace conciencia nacional”. ¿Está aún la UNAM en ese carril o comienza a perder la ruta? ¿Está en nuestras manos reorientar ese sendero? Me parece que sí, es un deber irrenunciable para la propia subsistencia del espíritu científico, humanístico y crítico de la universidad para hacer frente a las imposiciones totalitarias, de violencia estructural y de lecturas simuladas de la realidad.


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