Wendy: tres meses de ausencia frente a la indiferencia de la Fiscalía

En las oficinas de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México, ubicadas en las calles de Morelos y Matlatzincas, en Toluca, el tiempo parece haberse detenido para Marlén de la Luz Valdez. Cada día que pasa es un día menos de esperanza y un recordatorio amargo de la ineptitud y la deshumanización que, denuncia, ha encontrado en instituciones creadas para proteger. Su sobrina Wendy Guadalupe de la Luz Alonso, de 15 años, desapareció el 22 de julio de 2025 y tres meses después su paradero es un enigma y la investigación, según su propio testimonio, es un cúmulo de negligencias, pretextos y humillaciones.

La pesadilla comenzó con la realización de un simple mandado. Wendy salió de su casa en el municipio de Almoloya de Juárez para ir al veterinario. Llevaba solo el dinero para el pasaje y la medicina de su perrita. No se llevó ropa ni otras pertenencias, y sin embargo no volvió.

«Desde la puerta nos están haciendo groserías”, denuncia Marlén con la voz quebrada al relatar sus primeras visitas a la Fiscalía Especializada para la Investigación de Personas Desaparecidas, no Localizadas, Ausentes y Extraviadas del Estado de México. Nos dijeron: ‘por qué vienen tanto aquí?’. El primer Ministerio Público (MP) asignado fue la personificación de la indiferencia. Él fue el que nos dijo que ahí no me querían, que yo no tenía por qué estar yendo todos los días. ‘Aunque usted venga, yo no le puedo decir nada. Déjenos trabajar’”.

La desesperación de la familia chocó contra un muro de formalismos inútiles. Les entregaron oficios para que ellos mismos los llevaran a otras fiscalías, un trabajo que le debería corresponder a la autoridad. El trato, lejos de ser un apoyo, se tornó vejatorio.
«Recibimos humillaciones de parte de él, groserías y ofensas”, asegura Marlén. La gota que colmó el vaso fue cuando el MP, de nombre Bruno les espetó: “ella se fue porque quiso”.

-¿Y usted cómo se pone a decir eso si ni siquiera la conoce?- le contestó Marlén ,indignada- el día que la tenga en mis manos, a la única persona que le voy a creer es a mi sobrina. Fue solo gracias a la intervención de un colectivo de búsqueda que tras 20 días de inacción la familia pudo ver por primera vez la carpeta de investigación. Lo que encontraron fue desolador.

-Apenas estaban haciendo el trabajo después de 20 días-, dice Marlén.
El caso fue reasignado a otra MP, pero el avance fue nulo.
-No hay avances, no hay nada- revela Marlén.

La investigación, que según la Fiscalía se basa en la geolocalización del teléfono de Wendy, está plagada de contradicciones. La Fiscalía ubicada en la calle de Morelos alega que envía las solicitudes de rastreo por correo y que estas tardan 15 o 20 días debido a la carga de trabajo. Sin embargo, cuando la familia acude a la otra Fiscalía, en Paseo Matlatzincas, se le niega haber recibido cualquier solicitud.

La angustia se intensificó hace apenas ocho días, cuando Marlén recibió un mensaje de voz de Wendy que se borraba tras escucharse una vez. En el audio la joven se escucha llorar y decir que “no puede regresar a la casa”, que “quiere regresar pero no puede” y que “no están bien”. Un testimonio desgarrador que sugiere que Wendy no está sola y que podría estar retenida contra su voluntad junto con otras personas.

-Se lo hice saber luego, luego a mi MP- explica Marlén. Pero la respuesta de la autoridad fue, una vez más, ilógica y frustrante. Aseguraron que el teléfono había estado inactivo “desde hace más de un mes”, una afirmación que contradice directamente el mensaje de voz recibido hace apenas ocho días.

-Es ilógico- exclama Marlen- El miedo que me da es que ya no tenga el teléfono y que no se pueda ya hacer absolutamente nada. Porque ellos se basan nada más al teléfono.
La historia de Wendy no es un caso aislado. Marlén guarda en su teléfono los boletines de búsqueda urgente de otras 12 niñas y jóvenes que desaparecieron en la misma zona poco después de Wendy. Su desaparición encaja en un patrón alarmante que las autoridades parecen ignorar.

-Es injusto, es algo que no se puede tapar con un dedo. Mi sobrina habla y dice «no estamos bien». O sea, no se encuentra ya sola, hay más personas.

Luego de tres meses de golpear puertas, de tragarse mentiras burocráticas y un dolor que se intensifica con cada noche sin respuestas, la familia de Wendy se aferra a una verdad: el mayor obstáculo para encontrar a la joven no ha sido la falta de pistas, sino la acción -o la flagrante inacción- de quienes tienen el deber de buscarla. Mientras la Fiscalía General de Justicia del Estado de México se enreda en una maraña de excusas y contradicciones, una familia espera y una joven de 15 años sigue diciéndonos que nada está bien.

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